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Sufren indígenas feroz hambruna “la peor de la historia “

Sufren indígenas feroz hambruna “la peor de la historia “

EJIDO SAN CARLOS, Balleza, Chih.- El invierno se avecina y los pobladores de la Sierra Tarahumara no lograron cosechar ni maíz ni frijol a consecuencia de la peor sequía de la historia; además sufren porque sus hijos se mueren de hambre.

Martoña es una joven indígena. Mientras muele el poco maíz que tiene para hacer pinole y sobrevivir en el invierno, carga a su pequeño de 2 meses de nacido. El pequeño llora con gran sentimiento, tiene hambre y su madre tiene poca leche a consecuencia de su mala alimentación. Ella es una de las habitantes del ejido San Carlos, donde la pobreza y el hambre se apoderan de sus residentes.

Los ejidos San Carlos y El Tigre, en el municipio de Balleza, están considerados como los más marginados del estado. Sus habitantes están en la pobreza extrema y sin recursos para comer, pues hasta el frijol se ha convertido en un lujo para ellos.

Acceder a estos lugares significa transitar por caminos agrestes, sobre todo los 27 kilómetros de distancia entre El Tigre y San Carlos, distancia que es corta pero a consecuencia de lo abrupto de la brecha se recorre en aproximadamente en una hora, mientras que de El Tigre a El Vergel son otros 90 minutos.

En el estado de Chihuahua se encuentran 10 de los municipios más marginados del país, entre ellos Balleza, Batopilas, Bocoyna, Carichí, Guadalupe y Calvo, Guazapares, Morelos, Moris, Urique y Uruachi, en todos ellos la población enfrenta una severa crisis alimentaria.

CLAMAN POR COMIDA:

Martoña ni siquiera sabe su apellido, pero eso es lo menos importante, porque sus hijos tienen hambre. Ella su esposo y sus dos hijitos, viven en una humilde casita con techos improvisados con hules. Los niños continuamente se enferman. Ellos comparten la vivienda con la familia de Cristina Silva, quien sólo habla rarámuri.

Mientras Martoña muele el maíz tostado, Cristina se encarga de mantener caliente el cuartito. Cristina tiene cuatro hijos, los más pequeños son Víctor, de 4 años y Fernando, de 1; con una mazorca dura trata de mitigarles el hambre. No hay otra cosa que darles para comer. Debajo de la mugre que cubre la carita de estas criaturas pueden observarse manchitas a consecuencia de la desnutrición.

Martoña, habla un poco de español. Relata que esta temporada de cosecha sólo lograron levantar cinco bultos de mazorcas, los cuales los pusieron a secar para preparar pinole. Las mazorcas no tienen buen tamaño ni tampoco están en buenas condiciones, pero Martoña dice que esa será su única manera de sobrevivir los próximos dos meses. Su estufa de leña está vacía y sus hijos claman por alimento.

Estas familias no son beneficiarias de ningún programa, ni estatal, ni federal. Prácticamente se están muriendo de hambre.

UNA MÍSERA DESPENSA:

Prudencia camina de una casa a otra en búsqueda de un poco de harina para hacer tortillas y poderles dar de comer a sus hijos y a su esposo. Una vecina es quien le ayuda. En un pequeña bandeja color de rosa le da algo de harina. “Nosotros nos convidamos, ella está sola y nos echamos la mano una a la otra”.

El hambre aprieta a los habitantes de este ejido, Prudencia Chávez Chávez afirma que desde hace dos años no reciben apoyo de la Coordinadora de la Tarahumara. “Pa’ acá no recibimos apoyo, no nos han dado ni cobijas. Este año no levantamos nada, el maíz era nuestro único alimento, pero este año nos quedamos sin nada porque no llovió”.

Lo único que han recibido, tras la sequía, es una despensa que contenía una portola, azúcar, sopa de pasa, frijol, aceite y café. Esos alimentos les alcanzaron para 15 días, racionando la comida. El resto de los días se las ingenian para poder comer.

Los hijos de Prudencia y su esposo cuidan ganado y con el poco dinero que ganan apenas si les alcanza para comprar frijoles. “Está muy dura el hambre, más porque nosotros no levantamos nada de lo que sembramos, esa cosecha era nuestra esperanza”.

EL HAMBRE LOS AHOGA:

“Tenemos hambre, pero no qué comer”, manifestó Alfonso Cruz. Este es el clamor generalizado de los pobladores de la Sierra Tarahumara, para quienes los apoyos del Gobierno son insuficientes.

Alfonso Cruz y María Bustillos son dos adultos mayores quienes radican en el ejido San Carlos, a 11 kilómetros de la comunidad de El Tigre. En su chocita de madera, con pisos de tierra pasan sus días.

Don Alfonso, sentado en un montón de tierra y señalando sus parcelas relata que la falta de agua les afecto mucho. “No levantamos nada, no vamos a tener qué comer ahora en el invierno”.

Las parcelas están secas, los animales flacos y ellos tienen hambre. “No tenemos ni mazorca para los animales”.

Este indígena es discapacitado, camina con sus piernas y sus manos, dice que cuando era niño una víbora le picó y desde entonces así camina. Su discapacidad no le impide trabajar la tierra, pues sabe que de eso depende su sobrevivencia.

Este año sembró 100 kilos de semilla y sólo levantó cinco bultos de mazorca; afirma que ese es su alimento para el invierno, porque este año sólo una despensa se les otorgó. El año pasado tiró menos semilla y levantó dos bultos de maíz, alimento que les ayudó toda la temporada. Este invierno es incierto para ellos, pues ni cobijas les han otorgado.

Del otro lado, se encuentra María. Con una pequeña escobilla barre su casa, dice que tiene que mantener limpio el lugar porque ahí duermen.

En la cocina, la estufa de leña tiene un grueso leño para mantener caliente el lugar, pues las temperaturas son congelantes. A un lado hay una tortilla dura, la mitad será para Alfonso y la mitad para María. En la ventana tiene un paquete de sopa, ése lo está guardando para una ocasión especial.

Además del hambre, no cuentan con servicios de luz, ni de agua. El agua deben acarrearla de riachuelos. El hambre los ahoga, porque no tienen que comer.

VIVEN HACINADOS:

Los cambios climáticos han afectado las vidas de las comunidades. Don Apolinar Silva Bustillo vive en la comunidad de El Tigre; en un cuarto de 2 por 2 metros viven más de seis personas entre mujeres, niños y adultos varones.

Las mujeres se sientan alrededor de la estufa, mientras los hombres salen a buscar trabajo a las poblaciones cercanas. “No tenemos qué comer y hay que buscarle”.

En esta comunidad, el Gobierno Federal empezó a apoyarlos con la construcción de viviendas de adobe. En total serán 120 los beneficiarios, pero por el momento, ese no es el problema, la verdadera urgencia es el tener qué comer.

La queja es la misma en todas las comunidades de esta zona: la falta de agua no los ayudó a cosechar su alimento.

Las bodegas de maíz están vacías al igual que los estómagos de los chiquillos. En este sitio cosechan maíz, frijol y algo de papa. Este año no levantaron ni un grano. El maíz no creció. El frijol no se sembró y las papas no se dieron.

MALA O NULA ALIMENTACIÓN:

Alrededor de 115 niños, de 0 a 5 años de las comunidades de Cebollas, La Pinta, Laguna de Juanota, San Antonio de Arriba y El Vergel en el municipio de Balleza padecen desnutrición severa. Hay niños de 2 años que pesan 6 kilogramos.

Ceci Rodríguez Ojeda, presidenta del Comité de Salud de El Vergel explicó que hace unos meses se dieron a la tarea de levantar un censo para conocer la problemática alimentaria en la comunidad; dicho censo arrojó que 115 niños padecían desnutrición severa.

Los infantes desde hace tres meses reciben una harinilla, la cual les ha permitido recuperar entre 300 y 800 gramos de peso, sin embargo el problema continúa, debido a la hambruna que azota a esta región.

Ceci Rodríguez afirma que hay más niños con problemas severos de desnutrición, sobre todo porque sus padres no tienen para darles de comer; la falta de agua los dejó sin cosecha.

Ceci destacó que con ayuda de la Coordinadora Estatal de la Tarahumara se logró apoyar a los niños con desnutrición severa para dotarlos de harina poderosa, la cual las madres de familia deben preparar con agua y un poco de maseca y pinole. Esta mescolanza deben dársela a los niños dos veces al día.

En las comunidades antes mencionadas se han registrado casos de desnutrición muy graves, al grado que los infantes deben ser enviados a Valle de Allende o a Parral para que sean atendidos. En los últimos meses se han elevado los casos. En el ejido La Pinta no hay trabajo y tampoco nada qué comer, por ello hay muchos niños desnutridos. Uno de ellos tiene un peso de 6 kilogramos y 2 años de edad, a pesar que intentaron darle la harina poderosa no hubo mejoría y tuvieron que llevarlo a Valle de Allende para que pudieran salvarle la vida.

DESEAN FUENTES DE EMPLEO:

La esperanza de los habitantes del ejido San Carlos y de El Tigre es que las autoridades cumplan con su promesa y empiece a funcionar el aserradero El Tigre, el cual hace 10 años dejó de hacerlo, pues al tener trabajo tendrían recursos para comprar comida.

La luz no ha llegado a estas comunidades indígenas. Por la Sierra se empieza a divisar la tala de árboles para montar los postes y tirar el cableado.

Rogelio Silva, habitante de El Tigre destacó que las autoridades tienen un proyecto para industrializar el recurso forestal, lo cual representa un puntal de desarrollo para ellos.

Cabe destacar que los indígenas son propietarios del 80 por ciento de los bosques y con ello pueden allegarse de recursos y salir de la marginación donde se encuentran.

Uno de los puntos de desarrollo puede ser el aserradero, aunque Rogelio señala que el lugar puede ser un atractivo turístico para la práctica de deportes extremos.

Vennesa Rivas Medina/OEM

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